Un poco de historia...
El fileteado nació en la Ciudad de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX como un sencillo ornamento para embellecer carros de tracción a sangre que transportaban alimentos. Con el tiempo se transformó en un arte pictórico tan propio de esa ciudad, como en la música lo es su tango, con el que tiene un origen común y del cual se nutre.

Se caracteriza por líneas que se convierten en espirales, colores fuertes, el uso recurrente de la simetría, efectos tridimensionales mediante sombras y perspectivas; y un uso sobrecargado de la superficie. Su repertorio decorativo incluye principalmente estilizaciones de hojas, animales, cornucopias, flores, banderines, y piedras preciosas, con el agregado de ilustraciones de paisajes, naturalezas muertas, símbolos gauchescos, patrios y religiosos; y el retrato de algún ídolo popular o imagen religiosa.
Generalmente se incluyen dentro de la obra, frases ingeniosas, refranes poéticos o aforismos chistosos, emocionales o filosóficos, escritos a veces en lunfardo y con letras ornamentadas, generalmente góticas o cursivas.
Muchos de sus iniciadores formaban parte de las familias de inmigrantes europeos y algunos elementos artísticos traídos por ellos se combinaron con los del acervo criollo, creando un estilo típicamente argentino.
Con el tiempo, al ir desapareciendo los carros a caballo, el fileteado se propagó a los camiones y luego a los colectivos.
En 1970 se organiza la primera exposición del filete. A partir de este acontecimiento el fileteado dejó de verse como una simple artesanía que servía solo como un sencillo ornamento para carro o camión, y se le dio una mayor jerarquía, reconociéndoselo como un arte de la ciudad, que desde entonces se extendió a todo tipo de superficies y objetos.

    

 


 

 

 

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